EL GENIO MILITAR DE MORELOS

Raúl Fuentes Aguilar

Escribía Calleja: “Si la constancia y la actividad de los defensores de Cuautla fuesen justas, merecerían algún día un lugar distinguido en la historia…”

“Este clérigo es un segundo Mahoma”, declaraba Calleja. Pero José María Morelos no era otro Mahoma, era un patriota genial.

(primera de dos partes)

Después de vencer al realista Mateo Musitu, José María Morelos y Pavón tomó Chiautla el 4 de diciembre de 1811; el día 10, al frente de su ejército, entró en Izúcar por estos días Mariano Matamoros, párroco de Jantetelco, de gran talento y valor, se había presentado con Morelos participando en la toma de Chiautla. Dejó a Vicente Guerrero en Izúcar, a Matamoros dentro del área de su antiguo curato y dividió sus fuerzas, una parte al mando de Miguel Bravo al sur, a tomar Ometepec y ocupar la región, otra al mando de Galeana a ocupar Taxco en el oeste, y la tercera mandada por él mismo, se dispuso a tomar Cuautla de las Amilpas, a la que entró en la Navidad de 1811, con la intención de establecer un centro estratégico y cortar las líneas de abastecimiento de Veracruz, lo que le abría camino hacia la capital.

El virrey Francisco Javier Venegas, considerando la importancia de Cuautla como enclave de operaciones y a sólo 80 kilómetros al sur de la capital, ordenó a Calleja que sitiaba e incendió Zitácuaro y a su Ejército del Centro, reforzado con una división de Puebla, atacar Cuautla y aplastar a Morelos; iniciándose el Sitio de Cuau-tla, donde resplandece el genio militar del Generalísimo. Enterados los insurgentes del avance de Calleja, llamaron a la Junta de Sultepec y a todas las tropas bajo su mando, incluidas las de Izúcar, Chiautla, Ometepec, Chilpancingo y Acapulco. Todo México esperaba el resultado. Calleja le escribió al virrey: “Con la suerte de Cuautla se decide la de este reino”.

Cuautla estaba en una llanura ondulada rodeada de espesas arboledas que crecían cerca de las casas. La calle principal, con longitud de media legua, comunicaba los conventos de San Diego y Santo Domingo. Una gruesa muralla protegía la mayor parte del oeste del pueblo y en el este corría un ancho río de aguas rápidas. Al sur estaba la hacienda de Buena Vista y el cerro del Calvario al norte. Con gran energía, los insurgentes fortificaron las plazas y los conventos, cavando una compleja red de trincheras que comunicaba las principales defensas.

Después de haber hecho un examen inicial al sistema de defensa, Calleja informó: “Cuautla está fortificada con inteligencia (…) No será difícil el ataque a semejante poblacho”, y se burló de Morelos por pretender enfrentar ahí al “glorioso ejército español”. Las tropas insurgentes se estimaban entre cuatro mil y cuatro mil 500 hombres en tres divisiones a las órdenes de Galeana, Matamoros y Leonardo Bravo; los realistas, después de que recibieron refuerzos recién llegados de España, el tercer batallón del regimiento de Asturias y el primero de Lovera, tropas íntegramente españolas, templadas en la campaña contra los franceses, a principio de marzo tenían el doble de las tropas insurgentes; el poder del armamento era casi igual y cada bando disponía de entre 20 a 25 piezas de artillería de varios calibres.

El ataque principal empezó la mañana del 19 de febrero. Los realistas avanzaron en cuatro columnas. Fue tan eficaz el fuego insurgente que rechazaron una carga tras otra. Calleja, después de sufrir graves pérdidas, se vio obligado a retirar a sus soldados. Los realistas revisaron planes y esa noche decidieron establecer el sitio. Calleja pide refuerzos y expresa confianza en que, si el sitio es eficaz, Morelos sería vencido en seis u ocho días.

Los realistas iniciaron un riguroso bombardeo el 10 de marzo; Calleja avanzó desde el oeste y Ciriaco del Llano, que había llegado como refuerzo, desde el este. Los habitantes del pueblo se adaptaron rápidamente; los niños se ganaban algunos reales recogiendo las balas de cañón de las calles. Después de cuatro días de intenso bombardeo no hubo ningún cambio apreciable. Fracasó un intento de los realistas de desviar la corriente del río. La moral de los insurgentes era elevada; las comunicaciones con el exterior estaban aún intactas y Morelos y sus oficiales se encontraban tan decididos y confiados como siempre.

En el pueblo, el abasto de alimentos mermaba continuamente. Los realistas habían capturado a un estadunidense que peleaba al lado de Morelos, y por él Calleja se enteró de que durante marzo los insurgentes tenían amplio abasto de pan, maíz, frijoles y agua, aunque con escasez de carne; mientras que, a mediados de abril, el único alimento era el maíz. Otro prisionero les contó a los realistas que los defensores comían tortillas en la mañana, al mediodía y en la noche y que de 25 a 30 personas habían muerto diariamente, durante los últimos días de abril. Había más de 300 casos de desnutrición en el hospital de San Diego, los sufrimientos se volvían más intensos cada día. Calleja no pudo ocultar su admiración y declaró: “Su fanatismo compensa su falta de alimentos.” Luego añadió: “Si la constancia y actividad de los defensores de Cuautla fuesen dirigidas a una justa causa, merecerían un lugar distinguido en la historia… Este clérigo es un segundo Mahoma”. José María Morelos no era otro Mahoma, era un patriota genial.

Los realistas, por su parte, tenían también dificultades. Calleja se quejaba del clima que había hecho que se extendiera la disentería y la fiebre endémica entre la tropa. En su hospital de campaña tenían diez heridos de bala, 30 de piedra y 50 de enfermedades venéreas; la fatiga se apoderaba del ejército; las primeras lluvias habían convertido en un pantano su campamento, haciendo casi inútil su artillería; a las tropas no se les había pagado; por consiguiente la moral era baja, y su propia salud se deterioraba.

También, la situación insurgente se había vuelto cada vez más insostenible. Después de que fracasó un intento de obtener ayuda de Rayón, Morelos decidió que el último recurso era desalojar el pueblo. Ordenó que se hicieran preparativos detallados. De acuerdo con su plan, los soldados y el pueblo deberían reunirse en la plaza de San Diego exactamente antes de la medianoche del l de mayo. A las dos de la mañana empezaron a abandonar la ciudad, Galeana, al mando de mil hombres de infantería, dirigió la avanzada. Los Bravo y Morelos dirigieron a 250 hombres de caballería, a un cuerpo de tropas armadas con hondas y lanzas, y al grupo principal del pueblo; y el capitán Anzures se encargó de la infantería y de la artillería en la retaguardia.

Las columnas insurgentes partieron por la entrada del norte, sometieron a la guardia realista que estaba apostada fuera de la entrada, dirigiéndose hacia el este en tal silencio que, aún después de avanzar dos horas, sus movimientos no habían sido descubiertos. Irónicamente en ese momento Calleja le estaba escribiendo al virrey, diciéndole que planeaba evacuar la plaza, ya que su salud se estaba deteriorando muchísimo.

Cuando el ejército insurgente cruzó el río, los realistas descubrieron lo que estaba sucediendo. En un instante la caballería de Del Llano atacó el flanco insurgente, y se acercaron las fuerzas de Calleja. Se entabló una feroz batalla que duró más de una hora; la resistencia contra una fuerza tan abrumadora se volvió desesperada; por consiguiente, Morelos dio la orden de dispersarse y reunirse en lzúcar. La confusión que siguió fue indescriptible; los realistas se disparaban unos a otros; los insurgentes y la gente indefensa del pueblo murieron por cientos; y a lo largo de siete leguas los realistas persiguieron a los insurgentes que huían.

El cálculo más razonable del número de bajas insurgentes es de tres mil. Un gran porcentaje de este número eran residentes de Cuautla desarmados y no combatientes. La pérdida más grande fue la captura de Leonardo Bravo, a quien le ofrecieron la libertad si convencía a sus hermanos y a su hijo que abandonaran la lucha por la Independencia. Leonardo rechazó la oferta y fue fusilado el 13 de septiembre.

Afortunadamente, no habían capturado a Morelos ni a su ejército lo habían aplastado, como esperaba el virrey Venegas, aunque los realistas habían gastado casi dos millones de pesos en la empresa.

El virrey declaró que se había obtenido una gran victoria, pero cuando Calleja regresó a la capital el 16 de mayo, su recepción fue menos entusiasta que la que tuvo después de la toma de Zitácuaro. Varias noches después, en una comedia que se presentaba en la capital, un actor disfrazado de soldado realista le entregaba a su general un turbante y se jactaba: ¡Aquí esta el turbante del moro a quien hice prisionero! ¿Y el moro? Oh, el moro infortunadamente se escapó, y el público estallaba en carcajadas.

Así terminó el sitio de Cuautla que duró 72 días, una lucha titánica entre las fuerzas del viejo orden y del nuevo, una lucha que los historiadores han descrito como una de las más gloriosas en los anales de la historia militar.

Desde el punto de vista estratégico y táctico, Cuautla quizás puede considerarse sin hipérbole una de las empresas más inspiradas de Morelos, porque impidió que Calleja terminara con la revolución de 1812, esta es la gran importancia que tiene la Navidad de 1811.

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