ZAPATA VIVE VIVE…

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¡VIVA EL GENERAL ZAPATA!

Hay personajes en la historia cuyo mito supera la realidad y cuya leyenda trasciende mucho más allá de la verdad sobre su existencia. Los detalles de su vida son rebasados, por todo lo que sobre ellos se ha dicho, y así lo autentico se confunde con la mentira.

 

En este caso concreto nos referiremos al caso concreto de Emiliano Zapata mal llamado el “Atila del Sur”, a quien respetaban por su generosidad a la hora de la derrota. El mito tejido alrededor del Caudillo del Sur hizo que sus contemporáneos temieran ante la figura de quien escribiera el Plan de Ayala, para exigir la restitución de la tierra a los campesinos.

Hubo quien, tratándolo de cerca desmintiera lo que sobre Zapata se había inventado y diera a conocer las cualidades que como general revolucionario tuviera aún en los momentos más difíciles, así lo hizo Octavio Paz Solórzano.

 

El sábado de gloria de 1911 las campanas de Jojutla eran hechas al vuelo[…] De repente hizo irrupción por la calle principal, procedente de la estación del Interoceánico, un charro con magnifica botonadura y soberbio sombrero galoneado de grandes dimensiones, montado en brioso corcel, sobre una magnifica silla bordada en plata, con la pistola al cinto, la carabina en la mano, terciada la carrillera, el machete suriano al costado de la silla, pendientes de su cuello unos anteojos prismáticos y un cuerno, cuyo ronco sonido había de producir más tarde intenso pavor en los combates a los enemigos del zapatismo. Era de elevada estatura; aunque delgado, de complexión robusta; de  color moreno tostado por el sol abrazador de la tierra caliente, con grandes bigotes y un lunar en el carrillo derecho, iba sonriendo con un puro en la boca y seguido de una pequeña escolta. Al verlo se aglomeró en su derredor una muchedumbre entusiasmada que lo seguía y aclamaba, pues su figura aparecía como genuina representante del verdadero tipo nacional.

 

Aquel que hubiera hecho ante Porfirio Díaz la petición formal para que a los campesinos de Morelos se les restituyeran las tierras que en mala lid se les habían arrebatado, ahora era el jefe victorioso de un ejército formado por todos aquellos desposeídos.

 

Era Emiliano Zapata el que acababa de tomar Jojutla, tras rudos combates.

Por todas partes se oían gritos; ¡Viva Zapata!, ¡Viva Madero!, ¡Viva la Revolución!

 

No todo era felicidad después de la batalla. Cerca de la escena del triunfo, un grupo de famélicos soldados, hechos prisioneros en la batalla de Jojutla, esperaba su sentencia condenatoria. Los combates de aquel tiempo en que el mismo Madero había sido incapaz de comprender la urgencia de las peticiones zapatistas, se caracterizaban por su ferocidad y la consecuente perdida de vidas humanas. De ahí había surgido otra leyenda entre el pueblo:

 

Los muertos por ambas partes fueron numerosos y desde entonces en Jojutla se esparció una conseja. Se decía que días antes de los combate, los perros habían aullado toda la noche porque según las viejas, olfateaban con anticipación a los muertos. Posteriormente cada vez que se anunciaba algún combate en Jojutla, las viejas, supersticiosamente se persignaban y decían: ya van a comenzar a aullar los perros.

 

El temor de los prisioneros, al saber que Zapata había ordenado que comparecieran ante su presencia, tenía como fundamento principal la agresividad y maldad intrínseca que sus detractores achacaban al jefe suriano. Sin embargo la impresión que tenían cambió en cuanto lo conocieron.

 

A ustedes –dijo dirigiéndose a los jefes- les voy a formar un consejo de guerra, porque tengo ordenado que a todos los jefes de alta graduación que caigan prisioneros se les forme un consejo de guerra. Si han cometido atropellos con los pacíficos, se les castigará; en caso de que se hayan portado bien con el pueblo, quedarán en libertad cuando acabe la guerra, que creo que será pronto porque tengo noticias de que en el norte se viene muy fuerte la bola. Ustedes, -dijo a los oficiales- son mis prisioneros también hasta que triunfemos, a no ser que algunos quieran incorporarse, pero les advierto que aquí no hay sueldos. Somos ciudadanos armados que nos hemos levantado por amor a la libertad y por el reparto de tierras. Después de esto, Zapata  se dirigió al cuartel en donde estaban los soldados prisioneros y viendo su estado tan lastimoso les hablo:

-Se han portado muy valientes y no son culpables de esta guerra. Sé como se forman los batallones y regimientos, de pura leva, de la que yo también fui victima hace algunos años, de manera que quedan ustedes en absoluta libertad.

Un grito contestó a Emiliano: ¡Viva el general Zapata!

 

Acciones como esta le valieron el reconocimiento de todos aquellos que algún día se le acercaron y de quienes todavía hoy ven en Zapata a la pureza de los ideales revolucionarios.

Guadalupe Lozada León, Revista, Relatos e Historias en México, enero 2009.

 

 

 

 

 

 

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