SUCINTA RESEÑA, CUAUTLA 1907

VII. Parques y huertas

 

Frente a las venerandas ruinas del que fue templo y convento de San Diego, mudo testigo de los altos hechos del invencible Galeana, se extiende el parque, al que se ha dado el nombre del héroe y es formado por amplio paralelogramo poblado de árboles, gigantes unos y enanos otros; tiene en su centro un kiosco para audiciones musicales; sus callecillas, bien trazadas, convergen al centro partiendo de los costados, uno de los cuales da su frente a la frente a la estación del F.C. Interoceánico y el paralelo al Hotel Francés, provisto éste de un hermoso jardín, en el que buganvillas ostentan sus risueñas frondas verdes y rojas y las palmas y las musas levantan hasta las nubes sus magníficos penachos. Si en el parque Galeana hubiese algunas fuentes, que con sus suaves murmurios recrease los oídos y con el movimiento de sus aguas puras y frescas templasen el calor a la región propio, sería este sitio un lugar delicioso, al que concurrirían anhelosos los hijos de la localidad y los turistas que las visiten.

                Otro parque, el principal por su extensión y por el solar que ocupa, es el que se cultiva frente al palacio municipal, por unos de sus costados, y frente a la iglesia parroquial por el opuesto. Lo limita una prolongada bondad de cal y canto con asientos en toda la longitud, en forma de un cuadrado rectangular; en su centro se levanta un kiosco más grande, pero acaso menos airoso que el antes mencionado, el cual está circuido de varios setos con sus preciosas palmas y laureles: hay entre los setos dos fuentes poco artísticas, que nunca sorprendí vertiendo agua o la dan callada y silenciosamente, semejante a ciertos poetas cuyas rimas apenas si vibran los oídos del que las produjo y canta.

                En cuanto a jardines, muchas de las casas de la ciudad están provistas de ellos; pero por lo común son pequeños, ruines, mal cultivados y vistos en criminal descuido. Los cuautlenses no aman a las flores y a sus frutos, no las ven ni las atienden con el prolijo cariño de que son merecedores, son seres que engalanan nuestras habitaciones, que nos favorecen con la sombra de sus ramas, que deleitan nuestro paladar con los jugos de sus azucarados y alimenticios frutos; que curan nuestras dolencias y que en todos tiempos dan testimonio de la misericordia del Creador al desterrado del paraíso.  No, los cuautlenses miran a sus árboles y plantas como nuestros indios ven a su perro y a su burro: les sacan el provecho que pueden y sin piedad los maltratan.

                En lo arrabales, en esta orla del manto de verdura y flores que envuelven cariñosamente los pies de Cuautla; por sus callejuelas formadas con árboles magníficos y cercos de rosales, es delicioso vagar saltando, de caño en caño, las innumerables corrientes de aguas límpidas que riegan el terreno en todas direcciones. Verdad es que no se advierte por allí la mano del hombre cooperando con arte al esplendor de Florida, porque esas ricas parcelas de la propiedad urbana pertenecen a gentes pobres que alimentan su mísera vida con la venta de los frutos de los huertos, fuera de algunos penosos trabajos que suelen procurarse, y es bien sabido cuánta es la indolencia de nuestros indígenas, en los que a su mejoría se refiere. No hay, pues, que esperar en la ciudad, ni menos en sus alrededores, a pesar de la riqueza de la tierra en humus, parque como el de nuestro magnífico Chapultepec, porque está muy lejos el vecindario de aspiración tan osada. Pero a los amantes de la naturaleza virgen y sin ajenos postizos, a los camaradas de las flores, que en los campos y en las selvas impregnan el aire de perfumes especiales, a quienes gozan en mirar un cielo azul, surcado por aves libres, semejando lluvia tupida de topacios, zafiros y esmeraldas; a los que desean olvidar las agitaciones de la vida activa en el tumultuoso hormiguero de las grandes poblaciones, pudiéramos invitarlos a que visiten por las orillas de Cuautla sus tranquilas vegas, a que respiren sus oxigenantes auras,  a que se deleiten con la música de las corrientes aguas, a que olviden, sentados a la sombra de las parotas, de los amates y limoneros, las amarguras y el fastidio de la vida citadina.

                Cuántas veces en mi breve paso por Cuautla ha discurrido mi pequeñez, como silenciosa sombra, por el feracísimo almeal; por las vegas sombreadas de plátanos, papayos y mameyes, que se extiende a orillas del ancho río; ¡y por los umbrosos bosques de palmas y limoneros, que forman espesas murallas a los sembrados de caña en terrenos de Cuahuixtla!

               Continúa en la sección Cuautla Protagonista en la Historia…

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