BREVES TEXTOS

 

Alfonso Reyes

(Monterrey, 1889-Ciudad de México, 1959)

 En el Cincuentenario de su fallecimiento

 Breves textos de su infatigable pluma

  

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LA CAÍDA

Exégesis en marfil

  

En el Museo Arqueológico de Madrid encontré una vez el precioso objeto. Me hacía señas desde la vitrina, y yo, de momento, aunque lo aprecié con los ojos, que era ya bastante, no pude entender lo que me decía. Rodeado de otras reliquias de arte y de historia, llegaba hasta mí, más que acompañado, confundido en montón con muchas palabras y muchos símbolos. Fue menester que pasaran años y yo cambiara de ciudad y, un poco, de vida.

            Entonces, en la soledad del recuerdo, sobre las blandas almohadas de la memoria, comenzó a brillar como la joya en su escriño. Era una pequeña cosa de marfil. No sé ya ni para qué servía. Acaso era una caja, una arquilla, un estuche. No sé ya ni de qué siglo era, aunque creo que del xviii, y que procedía de la eboraria madrileña de los Sitios Reales.

            El marfil labrado, en marco de bronce áureo y plata barroca, parecía, de lejos, un enrejado o lacería caprichosa. Mancha de movimientos blancos, nidada de larvas diminutas y palpitantes. Visto de más cerca, el misterio se iba revelando: era un grupo de figuras angélicas o diabólicas que, en trabazón cerrada y jeroglífica de brazos, piernas, alas y cuernos, caía; caía desde el cielo hasta el infierno. Era una representación de Satanás precipitado por Dios, que se derrumba arrastrando consigo la legión de espíritus despeñados. En el centro, el arcángel Dan Miguel blandía su espada. Tal vez andaban entre la madeja la Trinidad, Adán y Eva, y otras nociones.

            El labrado era tan precioso en los huecos como en los relieves; y, expuesto a los cambios de luz, ya dejaba ver el grupo alegórico mismo, o ya un vaciado, un molde negativo, en que las figuras, patéticamente enredadas unas en otras, fingían un racimo de insectos suspendido en el espacio, a medio caer.

            Cada vez me aficioné más a resucitar con la imaginación el marfil labrado. Y un día, la cosa exquisita me dejó deletrear –a la luz de una preocupación provechosa– su sentido escriturario y profundo. Sentí, comprendí, que el mito terrible de la Caída de los ángeles rebeldes no era más que una figuración sentimental de la caída de la materia; es decir, del curso de los astros, de la gravitación universal; es decir, de la pesantez, del peso. Comprendí por qué la levitación o poder de suspenderse en el aire es carácter que la Iglesia admite y reconoce en sus santos. Y me pregunté, sin atreverme todavía a contestarme, sobre el sentido teológico de la Ley de Newton y sobre la depuración del dogma que pueden significar las fórmulas de Einstein.

            Al revés del santo, al revés del aeróstato, el demonio se enorgullece, se hincha de materia, y entonces cae. Esta derivación hacia abajo, yo –en mi joya de marfil– creo verla a modo de masa celeste de repente vuelta de piedra, hecha aerolito, prostituida de peso y arrancada así al firmamento, como en el Greco ciertos jirones de éter sólido que resultan acuchillados por las aspas luminosas de la cruz.

            De suerte que el curso de los astros, y la pesada ley de mundo que anima los átomos como si de veras fuera la sangre de la creación visible, están regidos por la norma de la caía; son una precipitación, son un pecado. El mundo está hecho de pesantez, de caída; está labrado en la carne misma de Luzbel. El mal está en el origen de las cosas aprehensibles por los sentidos, y el pájaro del alma, si lo alcanza Satanás con sus perdigones de plomo, cae batiendo el ala dolorosa, como los ángeles heridos del marfil madrileño.

            Todo el poema material de Lucrecio puede interpretarse al fulgor del mito de Satanás, y sigue teniendo sentido físico. La precipitación y el torbellino de átomos, los desprendimientos y atracciones, las condensaciones y emanaciones, la gran zarabanda del orbe, desde lo inasible diminuto hasta las enormes cuadrillas de las constelaciones, son una caída: La Caída. Y las trayectorias de los mundos vendrían a ser como el dibujo funesto de una mala idea, desplegada sobre el seno curvo y combo de los espacios.

            El mundo se prueba por sus extremos: en el átomo y en la estrella pasa lo mismo. En el campo de las dimensiones intermedias (el hombre y la flor) hay disimulo, y hay veleidades de aroma y de albedrío. Las cosas planetarias y las microscópicas –es decir: las cosas– siguen siempre el camino más corto para poder recorrerlo con toda la lentitud posible. Si hay en la naturaleza velocidades vertiginosas, es porque la naturaleza no ha podido menos de adoptarlas, precisamente porque ellas representan un ahorro máximo de molestia; es porque ellas son proporcionales al declive mismo del medio en que acontecen. La luz, si pudiera, iría más despacio; pero como ocurre por las veredas más pendientes, resbala o se deja ir como desesperada. El mundo todo se viene abajo; hay un deshielo general, un deshacerse, un desintegrarse, de que la radioactividad es el caso agudo. Una especie de pereza cósmica rige al mundo; es la maldición de Luzbel. Todo deriva por la línea del menor esfuerzo. La nueva noción de la gravedad interplanetaria es un himno a la laxitud: el dinamismo se ha vuelto flojedad. Un astro no va hacia otro o no danza en torno a otro atraído por una fuerza positiva, sino que rueda o se deja caer por donde menos le cuesta, según los accidentes y colinillas de ese terreno matemático que hoy se llama el Espacio-Tiempo. Y lo propio hace el electrón en el átomo, y acaso el hombre ante la mujer. Y todos, como el arroyo que corre al mar: no atraído por el mar, sino abandonándose hacia el mar.

            La “fuerza”, en su antiguo concepto heroico, no es ya un postulado esencial de la mecánica. Asistimos al crepúsculo de la fuerza. Todo es derrumbe, como en el marfil de mis recuerdos. La fuerza ha venido a ser una convención verbal, una entidad mitológica para interpretar la desviación, la divergencia entre un sistema de geometría abstracta y apriorística, y un sistema de geometría natural. Para explicar toda alteración no prevista en un cuadro de quietud o de movimiento uniforme, se ha invocado la idea de fuerza, como antes se invocaba para ciertos casos la idea –no menos mitológica– de “horror al vacío”. Hoy todo se explica por la pereza cósmica, por las ganas de dejarse, ¡oh vicio! Inútil disimularlo: es la Pereza, no es más que la Caída:

 

La pereza que mueve al Sol y a las otras estrellas…

 

(Visto el objeto a contraluz, entre las venas caladas del marfil, entre la parrilla satánica, otro labrado indefinible –el labrado del aire– me daba la pauta del trasmundo, del trasmundo virgen aún para los sentidos y –debo decirlo– prometedor.)

 

 

(De Ancorajes [1928-1948], en Alfonso Reyes, Obras completas, tomo xxi, México, Fondo de Cultura Económica, 1981, pp. 45-47.)

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