HONOR A QUIEN HONOR MERECE, FALLECE CARLOS MONTEMAYOR

Carlos Montemayor, tenor, maestro

El maestro Carlos Montemayor en primera persona: el amor a la música para mí fue anterior al amor a las letras. Antes de los nueve años desperté a la música porque vi en mi natal Parral a un minero, que yo quería mucho, tocar una guitarra, y a mí me sorprendió que de sus manos y de todas sus uñas, duras, negras, quebradas, pudiera brotar la música. Desde entonces me quedó claro que uno puede producir música, y para eso uno no debe someterla, sino ayudarla a que brote”.

El mismo sentido de generosidad, de saber, aprender para compartir, lo llevó a estudiar entonces música, y después letras. Siguió la tradición de su familia de ser músico: su abuelo paterno tocaba guitarra, salterio y violín. Un hermano de su abuela materna cantó Cavalleria rusticana con Caruso, en México.

Eso nos lo compartió el maestro Montemayor un sábado en su casa, “tallereando” con el pianista Antonio Bravo en la preparación de uno de sus hasta ahora cinco discos compactos como tenor lírico.

Otro sábado, otro marzo: es 1994 y estamos en La Habana. El maestro Montemayor forma parte del jurado del Premio Casa de las Américas y llevamos casi dos semanas entre sesiones deliberativas, lecturas de las obras provenientes de todo el continente y convivencias que incluyen una larga charla de pie y desde que es medianoche hasta la clara luz del otro día, con el comandante Fidel Castro, con temas que van desde la guerrilla (tenía apenas dos meses el levantamiento zapatista en Chiapas) hasta los clásicos latinos, griegos e indígenas. El comandante, agradecido con todas las respuestas que le brindó Montemayor en el tema de la guerrilla, le obsequió una botella especial de whisky, bebida que disfrutamos de retorno en México, en casa del maestro. Gabriel García Márquez se aparece de vez en vez en las sesiones.

Un atardecer de sobremesa en La Habana. Al fondo de las mesas, entre el barullo de cristales, cucharas, arroz con frijoles y carne de puerco y mojito, un piano vertical se eleva entre las brumas caldas de la música de Ernesto Lecuona. Una dama cubana descrucifica las teclas. La atmósfera llega hasta el ensueño.

Entre los comensales, el maestro Carlos Montemayor sigue la música con un murmullo a labios cerrados que asciende luego al sotto voce, que luego sube al mezzo voce, que llega hasta el agudo pleno, el do de pecho y el maestro Montemayor termina de pie y a garganta y corazón abiertos cantando una canción napolitana ante la aprobación, expresada en aplausos y vivas del público ocasional que habría de convertirse, dos días después, en público formal, pues entre los comensales alguien lo comprometió a hacer un concierto en forma, lo cual aconteció en la sede de la Orquesta Sinfónica de Cuba, acompañado al piano por Juan Espinosa. Un compromiso más, éste con la radio italiana, no habría de cumplirse, pero la mecha ya estaba encendida.

Otro sábado en casa con Carlos Montemayor, le pregunto:

–¿Resulta provocador y crítico en demasía apelar a la unidad renacentista de, por ejemplo, cantar como escribir o escribir como cantar; es decir, diversificar las vías de acceso al conocimientto.

“Es muy posible –respondió el maestro– que el mundo esté más tranquilo si alguien es solamente zapatero o dentista o escritor o fotógrafo o ingeniero. Cuando se hacen más cosas de las debidas se provoca cierto nerviosismo, pero la mayor parte de los artistas se dedican a más de una de las disciplinas de arte. James Joyce, por ejemplo, era un excelente tenor y decidió desterrarse de Irlanda porque en un concurso de la Ópera de Dublín le dieron el segundo lugar y no el primero, que lo obtuvo por cierto John McCormick, admirado por Caruso. En México, Eduardo Lizalde es un barítono muy poderoso y conocedor de la ópera a fondo. David Huerta es un magnífico guitarrista. Alberto Blanco y Evodio Escalante son magníficos pianistas. Tito Monterroso, Fernando del Paso, Marco Antonio Montes de Oca son pintores también. A mí me tocó la buena suerte de, además de ser escritor, ser músico y, dentro de la música, ser cantante. Y eso me apasiona”. 

La música: la pasión por compartir. La generosidad de Carlos Montemayor lo llevó a grabar cinco discos compactos con su arte canoro. Así no sólo los comensales, los afortunados, los unos cuantos, sino todos quienes quieran acercarse tienen a su alcance esta discografía excelente.

Con el maestro Antonio Bravo, su pianista y amigo entrañable, compartimos horas de felicidad y música con nuestro maestro. Nos quedaron varios pendientes, como en toda buena tarea que se realiza. Nos faltó ponerle fecha definitiva para la presentación que haríamos, los tres como en los discos anteriores en la Sala Hermilo Novelo del Conjunto Cultural Ollin Yoliztli, de los flamantes discos que están por empezar a circular: Concierto mexicano, el uno, y el otro Zarzuela y cantos de España, partituras de entre otros muchos, Manuel de Falla, Silvestre Revueltas y entre otras joyas, una partitura muy cercana al corazón del maestro Carlos Montemayor: el Madrigal, de Ventura Romero, que cada vez que lo interpretaban Antonio Bravo y él, terminaba invariablemente bañado en lágrimas de emoción el tenor, el hombre de letras, el luchador social, el niño que vio nacer la música de las uñas quebradas y negras de un minero, hombre duro en apariencia, noble de corazón, el hombre recio y noble que luchó por la justicia, maestro en toda la extensión del término, don Carlos Montemayor.

Ahora realiza jornada hacia la luz.

Pablo Espinoza

DESPEDIDA SIN ADIOS A CARLOS MONTEMAYOR

Nos conocimos en 1973 cuando colaborábamos en el suplemento literario de El Heraldo de México. Alguna vez deberían rescatarse esas colaboraciones que redactó Carlos en aquel tiempo. Por ese tiempo se concentraba ante todo en la tradición clásica; en cierta dirección su guía en esto era Rubén Bonifaz Nuño. Borges, Bioy, Pound y Eliot, eran algunos de sus dioses modernos. Al principio la relación fue un gran desencuentro, pese a la mediación de un buen amigo de ambos, el escritor regiomontano Humberto Martínez, quien decía acertadamente que eran más las coincidencias entre nosotros que las diferencias.Por ese entonces, Diego Valadés, que era director de Difusión Cultural, lo llamó a dirigir la Revista de la UNAM. Quizá, a sus 26 años, haya sido el más joven de sus directores. En ese tiempo Carlos quería abarcar todo en grande: escribir, traducir, cantar, escribir libretos para música, y con el tiempo mucho logró.

Por una u otra vía, a fines de los años 70, un gran maestro de ambos, Rubén Bonifaz Nuño nos llevó a reconciliarnos. No nos veíamos con frecuencia, pero fue una amistad entrañable y solíamos bromear, haciendo un tour de force verbal, que éramos gemelos. En noviembre de 1981 Carlos, que era director de Difusión Cultural de la UAM, organizó un viaje inolvidable a New Haven, Long Island y Nueva York, con Bonifaz y otros amigos, y dimos conferencias y lecturas. Carlos, a quien le encantó siempre la ópera, cantaba arias donde quiera que estuviéramos, pero lo que más me asombró, fue cuando en casa de la profesora de Columbia University Norma Klahn, tocó la guitarra y cantó y cantamos hasta el amanecer canciones de la época de Manuel Ponce y canciones de rock en español. Se sabía todas, o casi. Bernardo Ruiz y René Avilés Fabila han hecho varias crónicas muy amenas de aquellas jornadas.

Para mi asombro, Carlos se concientizó en los años 80 y se convirtió en una de nuestras conciencias políticas. No olvidó la gran cultura, pero se colocó a ultranza al lado de los perseguidos, de los indígenas, de aquellos que han sufrido la violencia de Estado, de los pobres de los pobres, y los defendió desde las trincheras que pudo. Fue, frente al poder, todo lo contrario del intelectual y escritor acomodaticio y del no escaso género del camaleón despreciable. No faltaron para él las picaduras de los alacranes.

Una mañana en la terraza de una casa de Coyoacán, a finales de los años 80, me leyó un capítulo de una novela que estaba escribiendo sobre la guerrilla de Lucio Cabañas. Era Guerra en el paraíso. Le dije: “Si así es toda la novela, será lo mejor que hayas escrito”. Cuando la leí impresa, confirmé mi suposición. Las páginas de los combates son tan vívidas que se leen casi sin aliento. Sin duda es una de las novelas mayores de los pasados 50 años. No sólo eso: dentro de muchos de los notables libros que escribió es en su obra la joya de la corona. Miembro de una promoción de narradores relevantes nacidos en la segunda mitad de los años 40, hijos políticos y literarios del movimiento estudiantil de 1968 (Hernán Lara Zavala, Luis Arturo Ramos, Guillermo Samperio, Paco Ignacio Taibo II), Carlos fue un sobresaliente maestro de esa suerte de novela-crónica o crónica-novelada del pasado reciente histórico. Además de Guerra en el paraíso, baste recordar esa intensa novela, hecha como en rompecabezas (Las armas del alba), sobre el fallido intento de asalto al cuartel de Madera, Chihuahua, y la minuciosa reconstrucción de la matanza del 2 de octubre de 1968 (Los informes secretos), donde halla aspectos no vistos que muestran irrefutablemente la complicidad infame del gobierno y de los militares.

En 1988, para la colección de Material de Lectura de la UNAM armé una antología de su poesía con un prólogo que después recogí en el libro Los resplandores del relámpago (“Las ciudades de Carlos Montemayor”). Sus impetuosas novelas, su divulgación de las literaturas indígenas y su trabajo periodístico, han hecho tal vez que no se atienda al buen poeta que fue. Hace un par de años, en un prólogo (Antología de la poesía mexicana del siglo XX, editorial Visor), escribí: “En poesía, Montemayor es ante todo autor de un muy hermoso libro de poesía (Finisterra), y de éste, son particularmente recordables, el ciclo de ‘Memorias’, donde evoca con honda melancolía instantes de niñez y adolescencia en su ciudad nativa, y el poema de amor de largo hálito, que da título al libro (Finisterra) que le debe no poco a la “Oda marítima” de Fernando Pessoa, que él tradujo”.

Coincidimos en varios viajes, en buen número de mesas redondas, y solía verme con él en reuniones en casas de Alí Chumacero o de su hijo Luis, con Juan Gelman, o cuando venía Lêdo Ivo. Tengo la impresión de que hubo un entrañable cariño recíproco. Hasta hace unos meses parecía un roble y estaba lleno de proyectos. Viajaba y escribía mucho. Lo acompañaba siempre Susana de la Garza, su mujer, que le hacía un magnífico contrafuerte con su serenidad y dulzura. Con Carlos Montemayor México no sólo pierde una conciencia política insobornable, un escritor irrepetible, sino nos deja a sus amigos más solos. Con él, las hojas del árbol de la generación empiezan a caer. Y él era una gran hoja.

Marco A. Campos

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE CARLOS MONTEMAYOR

Q ué hace completo a un hombre (de letras, en este caso)? ¿Lo que sabe, lo que puede, o lo que decide hacer con lo que sabe y puede? Carlos Montemayor fue, desde joven, un sabio humanista, un traductor impecable de los poetas latinos, él mismo un fino poeta en castellano, y pronto, creador de una pequeña (por su extensión) joya de la literatura mexicana: Las llaves de Urgell.

Pero al mismo tiempo (en un humanista tan robusto como él, mucho sucede, mucho se piensa al mismo tiempo), desarrollaba un inquisitivo interés por lo que sucedía en México.

En el México de la lucha, el de los de abajo. Era uno de los jóvenes del 68. Se interesó en nuestros pueblos indígenas, en los grupos de insurgencia armada y en las protestas civiles del fin de siglo. Hizo aportaciones a la historia de las guerrillas mexicanas, y las documentó también desde la novela, el ensayo crítico, y de un modo peculiar, desde un activismo discreto y eficaz.

Siendo un académico de tan serio prestigio y fundamentadas credenciales, formado en nuestra alma mater, y sabedor de los movimientos sociales con una peculiar perspicacia militar derivada de sus estudios de la historia romana, supo hacerse oír por las fuerzas armadas en sus propios recintos, y se mantuvo siempre como interlocutor de los movimientos sociales, que lo respetan y han respetado.

Para los zapatistas de Chiapas, a quienes atendió y respaldó desde el primer momento, en 1994, Montemayor supo ser un compañero. Del mismo modo, por su capacidad de diálogo, el movimiento eperrista confió en él como mediador hasta el último momento. Había contado sus historias, las había heredado. En parte gracias a ellas, era un hombre libre.

Todo lo que podía como autor, como artista, como interlocutor de estatura ética, y con la validez de lo que sabía (porque lo había estudiado, y porque era un hombre sabio), decidió ponerlo al servicio del pueblo mexicano, del cual él formaba parte.

Comprendió pronto, y como pocos, la importancia de la nueva escritura en lenguas indígenas. También allí fue activo aprendiz y maestro. Impartió talleres, tendió puentes entre lenguas y entre paisajes, editó la obra de decenas de autores mayas del sureste, y pronto los de todo el país. Se comprometió con la escritura de los pueblos indígenas y al hacerlo dejó una impronta prefunda en éstas nuevas literaturas.

Carlos Montemayor supo y pudo, y decidió encontrarle sabor y no sólo saber a la vida. Lo académico no le quitó nunca lo valiente. Bien que tradujo y condimentó los cármenes de Catulo y los Carmina Burana. Además, amigo de la ópera y refinado tenor. Quién como él.

Nos va a hacer falta.

 Hermann Bellinghausen

La Jornada, 01 de marzo 2010

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