MÁS SOBRE MONTEMAYOR…

Ante la superficialidad del pensamiento, la política, las críticas y hasta de los premios, características de hoy, toparse con un hombre como Carlos Montemayor era de entrada y a la primera frase un contraste, una convocatoria a bajar a lo profundo, indagar, buscar la esencia de las cosas y estar ante la consigna de lo humano.

En La Jornada de ayer a mis colegas les faltó hablar de un aspecto de Carlos Montemayor intrínsecamente unido a su gusto por cantar, por la poesía, por la palabra dicha o escrita, por la historia, los paisajes y los lugares: la cocina.

A Carlos le gustaba no solamente comer, sino recrear recetas, y fueron largas las tertulias en casa de José Muñoz y Laura, su mujer, o con otro gran historiador y gastrónomo de Chihuahua, Jesús Vargas, con quienes se hacía la magia con nuestros menudos, frijoles, chiles pasados y caldillos que servían para despejar la memoria y la imaginación sobre Parral, la sierra y los grandes orgullos de los sabores chihuahuenses. En aquellas ocasiones, siempre terminábamos cantando, ya sea con pistas que llevaba Carlos para deleitarnos con arias napolitanas o al piano que tocaba Pepe para darle gusto al gusto.

En una ocasión, con invitados de Cuba, a sugerencia de Carlos y Jesús Vargas hicimos un chile pasado con robalo, pues en la gastronomía una obsesión es la creatividad. En los cumpleaños de Marco Antonio Campos nunca faltaron las pastas y las paellas negras.

Carlos Montemayor movía al concepto del humanismo integral y esto lo hizo un ser excepcional, didáctico, convocador del pensamiento crítico contemporáneo. Toda su obra literaria, vasta y variada en géneros, se cons-truía a partir de la investigación que volcó en novelas históricas. Las principales gestas de las guerrillas en México comienzan con Guerra en el paraíso a la que sigue Las armas del alba; se trata de novelas que bien podrían estar a la altura de tantas leyendas y consecuencias políticas, como tuvieron el Partido de los Pobres, de Lucio Cabañas, y el asalto al cuartel de Ciudad Madera, en 1965.

La obra de Carlos Montemayor tiene alto valor de independencia, pues se abrió paso al margen de los cacicazgos literarios y fue generoso como maestro y crítico de obras como la de Fritz Glockner, Cementerio de papel, o la de Diego Lucero, aún inédita, sobre la guerrilla urbana en Chihuahua en 1972, más muchas otras que asesoró y comentó con autores y lectores. El jueves próximo Carlos participaría en la presentación del tercer tomo de Represión y rebelión en México, de Enrique Condés Lara, junto con Froylán López Narvaéz y Cristina Gómez.

Un hombre con los talentos de Carlos Montemayor tenía que estar dotado de la didáctica, de la voz pausada para explicar y transmitir conocimiento, no como punto final, sino como elemento para pensar y crear conceptos nuevos. Por ello, su novela se basa en testimonios vivos, más que en la historiografía escrita; y fue por ello que pese al género novela, ésta estuviera considerada no ficción, sino historia verdadera.

Carlos Montemayor se convirtió en la voz y la expresión de las memorias de decenas de sobrevivientes de las guerrillas y la guerra sucia, y por eso la vigencia de su obra se hizo incómoda para el poder que siguió protegiendo la impunidad de aquellos años.

Una de las últimas veces que vi a Carlos en aquellos desayunos del paisanaje, platicamos sobre la violencia en Ciudad Juárez y la posibilidad de que estuviéramos ante una versión falsa de los crímenes. Nos horrorizaba la posibilidad del surgimiento de escuadrones de la muerte y el nacimiento del paramilitarismo en versión moderna para generar un terror que ellos mismos “resolverían”, o como vía para imponer una salida autoritaria a toda la descomposición política y económica en México.

La violencia en Chihuahua y todo el país fue un tema que Carlos dejó pendiente al ser alcanzado por la virulencia del cáncer, que primero lo emboscó, y luego dio el salto mortal.

Destacada y difícil fue su participación en la llamada Comisión de Intermediación entre el Ejército Popular Revolucionario (EPR) y el gobierno por los casos de desaparición forzada. Carlos denunció la actitud gubernamental y dio por terminada esta comisión por el comportamiento del gobierno federal ante la demanda de aplicación del estado de derecho.

En el discurso de recibimiento a Víctor Hugo Rascón Banda como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, Carlos Montemayor señaló que era la primera vez que dos chihuahuenses compartían la pertenencia a la academia.

Hoy los dos se han ido y el vacío es doloroso y notorio. Podría considerarse ésa la época de oro de la literatura chihuahuense, de dos escritores comprometidos con los problemas de su país que aportaron inmensa riqueza intelectual y cultural.

Carlos Montemayor fue un hombre universal que eludió canonizaciones, pues sabía que la historia escrita es imperfecta, pero al ser crítica se convierte en armas del alba y guerras en el paraíso.

A Susana y sus hijos, un enorme abrazo

La Jornada, 02 de marzo 2010

Marco Rascón.

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